
En una vieja pulpería de Goín (Bs. As.), tomando un vermú con amigos, el pasado se me vino encima. Como un tren.
Me puse a rebobinar mi vida en los recuerdos, y lo que contaré quedó archivado en algún lugar de mi cabeza, muy a mano. Fernando, el Impoluto, me puso en mis trece. Ésta es la historia.
Era 1970, y había comprado la edición de Salvat de “1984”, novela de George Orwell, llevada al cine un par de veces con inmejorables resultados (entiéndase “llevada al cine” de modo literal: yo llevaba libros siempre, fuese a ver una película o no, para leer en el viaje; “1984” la disfruté en el colectivo 104, mientras iba al colegio, y en los intervalos del Paramount cuando me quedaba al continuado).
Orwell era un comunista decepcionado, autor de joyas como “Rebelión en la Granja”, donde Stalin y Lenin son dos cerdos y “Todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que otros” (SIC).
“1984” se perfilaba, ya por entonces, como una novela casi costumbrista: un mundo dividido en tres potencias, en guerra permanente de dos contra una. Cuando alguna se ha debilitado lo suficiente, se alía con la menos fuerte de las otras. Y una nueva guerra comienza.
Lo espantoso: cada vez que cambia el enemigo, se cambia la Historia. TODA la Historia. El que ayer era El Héroe hoy pasa a ser El Traidor… y siempre lo fue. Y pobre del que recuerde lo contrario. Cada vez que las raciones de alimento se reducen, la gente es inducida a celebrar que han aumentado. Los habitantes del continente –ya sea Oceanía (América, Australia e Inglaterra), Eurasia (Europa y el occidente soviético) o Asia Oriental (todo lo que resta)- son permanentemente vigilados, a través de videoaudiocámaras, por un mítico personaje llamado El Gran Hermano. Sí, igual que el show (?). Para eso sirven hoy las grandes obras de la literatura.
La novela me impresionó bastante, porque desde mi niñez arrastro y suscribo una visión apocalíptica del futuro.
Siete u ocho años después, durante la última dictadura militar, en un pasaje subterráneo que cruzaba la avenida 9 de julio, adyacente al (y debajo del) obelisco, en Buenos Aires, conocí a Adolfo. Adolfo Calatayú. Un morochito delgado, mujeriego como yo y muy simpático, que escribía prosas y poesías con soltura envidiable. Y regenteaba una compraventa de libros en uno de los locales del pasaje.
Aquel rincón de la ciudad era frecuentado por cierta fauna poco usual, que me incluía. Por entonces quien esto firma trabajaba en un banco, noviaba con la hija de un suboficial del ejército (don Chamorro, correntino y gran persona), andaba de traje y estudiaba Abogacía.
A todo lo largo del ducto se distribuían pequeños bares, vendedores de marroquinería barata, kioscos, un tiro al blanco, accesos al corazón de la red de subterráneos, compraventas como la de mi amigo, etc. Y los locales tenían depósitos un nivel más abajo.
Me pregunto cuántos de los que viven en Buenos Aires han recorrido aquellos sub-sótanos, cuántos sabrán siquiera de su existencia.
Cierta vez, por algún motivo irrecordable, el depósito sub-subterráneo de la librería de mi amigo debió ser desocupado. Y allá fui. La puerta llevaba varios años –muchos- sin abrirse. Con una linterna, el socio de Adolfo iluminó el camino y acondicionó pobremente una pequeña lámpara en los cables, que colgaban del techo como la mano de un muerto. Aquel muchacho, también escritor, había dedicado un poema a la Sirenita del Maldonado, fantástica mujer-pez que habitaba los lóbregos recodos del entubamiento del arroyo, que atravesaba Buenos Aires bajo la avenida Juan B. Justo. Poetas de lo hermoso que contiene lo horrible. Mis amigos.
El olor a humedad era una quinta pared y las ratas habían hecho estragos con la pila de libros, que llenaba la habitación de tres metros por tres hasta la altura de una persona.
Por milagro algunos volúmenes se habían salvado, aunque despedían un hedor difícil de describir. Muchos de ellos pasaron a engrosar la biblioteca de mi habitación.
Después de todo, no olían peor que mis medias. Eso dijo mi hermana.
La mayor parte de los volúmenes pertenecía a la colección de ciencia-ficción de la editorial Jacobo Muchnik. Incluía “La Aguja de Costigan”, pero no puedo recordar qué otros títulos la integraban (perdí mi biblioteca en una mudanza). El último libro rescatado era una edición de “1984” del año 1951, de Editorial Julio Korn. Decidí volver a leerla con el estímulo de que estaba traducida, prácticamente, a un idioma distinto; un español florido que a mitad del siglo XX parecía denotar excelencia en la lectura, lo cual es probable que sea cierto.
Palabras como “díjole” o “levantóse” pronto dejaron de distraerme, atrapado por el relato. El final volvió a dejarme esa sensación de “ma sí… ya está todo perdido”. Pero lo que más me llamó la atención era que la novela terminaba de la misma manera que en la edición de Salvat… y el libro no.
Orwell había escrito algo más, que sí había sido publicado en 1951, durante el gobierno de Perón (como te digo lo malo, te digo lo bueno).
El texto se titulaba “Apéndice de Neohabla”.
“Neohabla” es el nuevo idioma de ese mundo dividido. Las personas se comunican poco, usando cada vez menos palabras. La idea del misterioso Gran Hermano es que algunas de esas palabras, simplemente, desaparezcan. Ésa, la parte más didáctica de la novela, había sido suprimida en la edición del ‘70 (otra dictadura, gobierno del general Lanusse, sucesor del general Levingston, sucesor del general Onganía, sucesor de facto del doctor Illía, que en 1963 tenía el presupuesto para educación como prioridad y 0 de deuda externa, y murió en la pobreza).
Tal vez mi primer libro viniera fallado, a veces pasa. Salvat era una editorial seria.
El hecho es que aquel apéndice me provocó mucha más desazón que el libro todo. El slogan de los Ministerios de ese remoto (?) mundo es “El odio es el amor, la libertad es la esclavitud, la ignorancia es la fuerza”. Richard Burton haciendo de Jefe de Gabinete. Su último trabajo. Impagable.
Pero eso, según revela el apéndice, es sólo el principio.
Lo que han de hacer desaparecer los dominadores son las palabras mismas. Palabras como “verdad” o ”libertad”. Porque, sostiene el autor, quien no tiene la palabra no tiene el concepto. Vamos, que no hay nada más aterrador que estar enfermo y no saber cómo se llama lo que uno tiene.
Ahora, procédase del siguiente modo: tome, al azar, cien celulares (o listas de chat) de personas de todas las edades. Revise los mensajes. Le garantizo que la mitad –por lo menos- no serán textos en ningún idioma. El acento, con todo lo que la palabra implica, va desapareciendo.
Verá que las abreviaturas informáticas no son siquiera en nuestra lengua. Aunque “también” es “tb”, “brb (be right back)” es “aguantame un momentito que ya vengo”, afk (away from keybord) significa “no jodan que estoy ocupado” y “lmao” (laughing my ass off) y “rofl” (rolling on fucking laugh) son indistintamente “resulta muy gracioso tu comentario” o “me estoy cagando de risa”. La palabra deja de tener valor, el concepto se generaliza, el respeto se pierde. El mensaje de texto es la forma menos creativa de masturbación que el hombre ha desarrollado. Por nuestro lado somos lo que somos, inevitablemente. Argentinos, contradictorios, sin conciencia de nuestros propios atributos o responsabilidades. Seres humanos.
Aunque la religión mayoritaria nos compele a imitar a Cristo, un agnóstico como yo no entiende qué carajo estamos haciendo.
Sin ir más lejos, el pasaje en el tren bala costará 500 pesos y llevará 3 horas cubrir el trayecto.
El avión cuesta la mitad, y tarda la mitad.
Pero lo importante es que con el 50% de lo que insumirá el tren bala (exijamos una ley que revise los bolsillos de los gobernantes) se reactivaría la red ferroviaria que Menem destrozó y que unía a todo el país.
A propósito: el proyecto del tren bala ha sido aprobado. Mientras nos hunden nos hundimos, mientras nos ahogamos nos empujamos hacia abajo.
¿Qué estamos esperando?
Tuqui
Goín, (Bs. As.), junio 2008